domingo, 17 de febrero de 2013

Un relato de acoso callejero

Publicado por Claudia en 6:03 0 comentarios
Dicen que no tienes idea de cómo se siente hasta que te pasa a ti para referirse a toda clase de experiencias traumáticas, y lamentablemente no se equivocan. 
El día sábado 17 de febrero casi a las 12 de la noche caminé al grifo Repsol de la avenida Raúl Ferrero, a pocas cuadras de mi casa. Entré a la tienda, compré un jugo y un par de chocolates y salí a caminar. En la puerta me percaté de un grupo de niños, adolescentes, que estaban mirándome sentados en la esquina de la calle. Me puse mis audífonos con el volumen alto como siempre y me dispuse a caminar rumbo a mi casa. Cuando pasaba por el Plaza Vea de Molina Plaza me di cuenta que el grupo de chicos, unos diez aproximadamente, estaban caminando detrás de mí. Completamente despreocupada continué mi camino. Cuando me encontraba a espaldas del supermercado, sentí que me tiraban una palmada en el trasero. 

Tardé medio segundo en reaccionar y darme cuenta de lo que había pasado. Nunca en mi vida pensé que tendría que escribir estas palabras juntas, en la misma oración y en este orden, conjugando los verbos como lo estoy haciendo. Pasó tan rápido, solo pude alcanzar a ver la vestimenta del chico: polo negro y short rojo, mientras desaparecía corriendo y entre risas con el grupo de sus amigos que lo siguieron por una calle oscura. Sin pensarlo dos veces y antes de recuperar mi aliento, me dirigí detrás de ellos. Yo caminaba y ellos corrían, mientras en mi cabeza barajaba mil ideas y posibilidades. 

Quería gritarle que quién rayos se creía que era ese mocoso, que no tenía idea con quién se había metido. Pensé en llamar a serenazgo, en ponerme a gritar como loca, en buscarlo ¡y reventarle la botella que tenía en la mano en la cara! Se me hizo un nudo en la garganta, no podía superar lo que acababa de vivir. Me sentí impotente y con ganas de llorar de la rabia, pero al mismo tiempo decidí que ese no podía ser el final del asunto. Caminé hacia la esquina de la avenida Arboleda cuando divisé al grupo de muchachos un par de calles más abajo, seguí caminando detrás de ellos y esta vez comencé a gritar en voz alta: "ven acá chibolo". Al verme, los chicos asustados comenzaron a correr en diferentes direcciones. Llegué hasta un parque, donde un grupo de sus amigos se rindieron de la persecución que yo había emprendido. 

Continúe siguiéndolo por más parques enrejados y preguntando a todos los vigilantes si lo conocían, si sabían quién era o dónde vivía. Hasta que lo vi correr en compañía de un chico más a través de una reja, un par de minutos después vi que otro chico regresaba y pensando que se trataba de uno de sus amigos me dispuse a interrogarlo. Al verme sumamente alterada el chico me preguntó que había pasado, después de contarle lo sucedido se ofreció a acompañarme a buscar al atrevidísimo mocoso. Dimos una vuelta al grifo y regresamos por la avenida, en otra esquina terminé encontrándome con el grupo de amigos del chico que me acosó. 

No puedo recordar exactamente qué les dije por más que lo intento, pero en todo mi malestar logré manifestarles principalmente lo que pensaba. Les recordé que como ellos yo también vivía ahí y tenía tanto derecho como lo tenían ellos a caminar por mi casa a la hora que me diera la gana, con la ropa que me diera la gana y no necesitaba estar acompañada de alguien para no ser atacada. Algunos atinaron a excusarse diciendo que ellos no habían hecho nada, que no tenían la culpa, que incluso no tenían ningún tipo de influencia sobre su amigo, pero que claro que sabían que lo que había hecho estaba muy mal. Les dije que el acto que habían presenciado, y del que en parte habían sido cómplices, era un acto de violencia. Que me había jodido en extremo, por supuesto que sí! Que esa "broma" que seguramente se habían animado unos a otros a hacerle a la chica que caminaba sola me había malogrado un buen día. Que me había dolido tanto como le duele a alguien una cachetada, o como duele escuchar una palabra hiriente. Que para la mala suerte de su amigo, Sergio Bianchi, yo pertenecía al Observatorio Virtual de "Paremos el acoso callejero" y por supuesto que me iba a encargar de denunciar estos hechos y que se enterara toda la gente posible. Este grupo de niños de 15 años creo que barajaron la idea de que yo era también una adolescente más y que después de ese acto de violencia mi actitud sería de "ya fue, qué importa" y que no iba a hacer absolutamente nada. Pues se equivocaron...


Los invité finalmente a buscar la página del observatorio en facebook, espero que lo hayan hecho y si me están leyendo desde aquí les envío mis más cordiales saludos. Sí, eran unos niños de 15 años... Esa edad tan complicada en la que nos sentimos muy grandes, muy valientes, con ganas de hacer muchas cosas de adultos y con los pies puestos en la puerta grande de nuestro futuro y al mismo tiempo nos aferramos a ciertas inmadureces propias de la edad. No tenían ni idea de que yo tenía 21 años y lo noté en sus caras de sorpresa, mucho menos esperaron que yo los siguiera o que los buscara y creo que mucho menos pensaron que tendría algo que decir al respecto. La verdad es que tuve mucho, y en medio de todo lo alterada que me sentía creo que logré transmitirles mi mensaje de malestar e indignación. Por supuesto no está de más repetirlo: jamás me voy a quedar callada frente a cualquier tipo de acto de violencia que presencie o que me afecte. Nunca voy a permitir que transgredan mi derecho al libre tránsito, ni le voy a sonreír ni voy a agacharle la cabeza a ningún acosador callejero.


Tengo que agradecerle a Cristóbal, el chico que sin conocerme se ofreció a acompañarme a buscar a mi agresor. También se animó a encarar al grupo de amigos y fue reconfortante escuchar las mismas ideas desde la perspectiva de otro hombre. Infinitas gracias por eso!

Quiero tomar esto que me pasó a mí más que como un trauma o una mala experiencia, como el empuje para seguir trabajando en la iniciativa de "Paremos el Acoso Callejero" y espero que utilizar este medio tenga el efecto de impulsar a otras mujeres a contar sus historias, a encarar a los agresores. También a seguir trabajando en conjunto para combatir esta forma de violencia que afecta a todas las mujeres cotidianamente. Mucho más importante es lo que yo escojo el día de hoy, y que espero que todas las mujeres escojan conmigo, el hecho de rehusarnos a ser simplemente víctimas. Rompamos con el círculo vicioso, es fácil correr y esconderse y no dar la cara. Siempre será mucho más difícil armarse de valor y encarar a un agresor, pero es importante que lo hagamos y que el resto del mundo se entere que no vamos a tolerar ningún tipo de violencia.

 

en la cabellera enredada de una niña en la vía láctea Copyright © 2012 Design by Antonia Sundrani Vinte e poucos